Erase una vez una valiente y curiosa
niña que se llamaba Marie.
Todas las tardes, después del
colegio pasaba a buscar a su amigo Pedro, que era muy listo y que preparaba
unas meriendas espectaculares. Subían al desván de casa de Marie para jugar. El
desván estaba lleno de cacharros viejos de todo tipo. ¡Era superdiviertido! Porque
cada día se convertían en personajes diferentes. A veces eran personas que se
dedicaban a la curar pacientes, otras eran animales fantásticos, otras
exploraban lugares lejanos…
Esta tarde María se había
disfrazado de exploradora y Pedro de detective. Habían descubierto un libro muy
viejo. Contaba la historia de una princesa increíble que consiguió salvar a su reino
gracias a su esfuerzo y su conocimiento enorme de la Ciencia. La princesa vivía
en las afueras de la comarca y en su castillo se encontraba a la mejor “casa de
la ciencia” jamás vista.
Marie y Pedro tenían una misión.
Iban a buscar el castillo. Estaba solo a seis kilómetros de su casa, según el
mapa que encontraron en la contraportada del viejo libro. Así, que hacia allí
se dirigieron.
Pedro, cansado, después de una
hora de camino intentó convencer a Marie de que era tarde y debían volver a
casa. Le prometió hacerle tortitas si volvían a tiempo. Marie, que conocía bien
a su amigo, lo alentó para que no desfalleciera, y lo agarro fuerte de la mano.
Y ¡Por fin llegaron al castillo!
Entraron y se subieron hasta la
sala donde estaba la princesa. Tenía el pelo corto, gafas de color azul, unos
vaqueros gastados y una camiseta negra. Leía un libro grande “Misterios de la
Ciencia”
Se sorprendió al ver a los niños.
– ¿Quiénes sois y qué hacéis
aquí?
– ¡Venimos a conocerte! Hemos
encontrado un libro que cuenta la historia de tu reino, y de cómo salvaste a
todos los habitantes gracias a tu conocimiento de la ciencia y cómo vivís ahora felices. –respondió Marie
sonriendo.
La princesa miró extrañada a los
niños.
–Es imposible– dijo. –Desde
pequeña me han educado para ser la reina perfecta. Sé bordar, tocar el piano,
recibir a los invitados, y leer poesía en voz alta. Están buscando un príncipe
fuerte y valiente para casarme con él. ¡Qué horror!– Se lamentó y suspiró con
cara de tristeza. – Lo único que hago, cuando no se dan cuenta, es coger libros
de la gran biblioteca y leer. Me encanta la ciencia y la investigación.
Entonces, ¡eres tú! –gritó Pedro–
el libro que nos trae hasta aquí te describe tal cual.
–Y habla de esa famosa biblioteca
y de ¡una trampilla oculta! que conduce al mejor laboratorio del mundo–exclamó
entusiasmada Marie.
A la princesa se le iluminó la
cara. ¿Y si eran cierto lo que contaba ese libro?
Fueron corriendo a la biblioteca.
Ilusionadas ellas y algo asustado Pedro recorrieron cada palmo... y ¡Oh
sorpresa!
¡Una trampilla oculta bajo una
alfombra!
Bajaron, y ¡qué impresión! Allí
estaba el laboratorio más increíble del mundo.
Y ya sabían por el libro viejo
del desván de Marie que la princesa iba a luchar contra el destino que tenían
su familia preparado para ella. Y que iba a convertirse en una gran
investigadora y salvaría a toda la gente de su reino.
Marie y Pedro decidieron ayudarla.
Ahora en vez de en el desván de casa de Marie, iban todas las tardes al castillo de la
Princesa Hipatia. Eso sí, ¡en bicicleta!
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